Clint Eastwood; los ojos abiertos del hombre que nunca quiso rodar su final
Clint Eastwood;
los ojos abiertos del hombre
que nunca quiso rodar su final
Jurado nº 2 (Juror #2, (2024)) se ha convertido, definitivamente, en el último largometraje del incombustible Clint Eastwood. El thriller judicial, que coloca a un desconocido Nicholas Hoult en la piel de Justin Kemp, tiene unas reminiscencias absolutas con la obra magna Crimen y castigo de Dostoyevski. Comparten universo. Versa sobre los remordimientos, sobre el arrepentimiento, y sobre todo, sobre la justicia, de un modo, aunque suene contradictorio, sutil y profundo. Sutil porque la película para el espectador no es pretendiosa, ni dirigida, sino que vemos la carga emocional de un hombre arrepentido y las diferentes lecturas, repletas de un pragmatismo racional y psicológico que asombra, de un mismo hecho.
En las antípodas del personaje de Kemp, nos encontramos con Toni Collette, que interpreta a la fiscal que persigue la verdad, mientras Eastwood une las piezas del puzzle visual, con su directa y transparente narrativa. La historia pone de relieve la culpa, la responsabilidad y, como ya hemos dicho anteriormente, la justicia. Que nunca es ciega. La película culmina, además (sin tocar el terreno pantanoso del spoiler, para el que aún quiera verla), con un final deliberadamente abierto. Incluso, se diría, que ambiguo, en donde, en la una última puerta que se cierra, lenta y tensamente, flotan algunos enigmas que se abren como flores en primavera (aunque yo personalmente tengo bastante claro qué encierra, nunca mejor dicho, esa puerta).
La elección de esta última escena resulta casi simbólica. Sin pretenderlo, mi querido y admirado Eastwood, se despide de una carrera, delante y detrás de las cámaras, de una manera mágica. Su andadura en los rollos de celuloide comenzó en 1971 con Escalofrío en la noche. Antes de convertirse en director, de ponerse a los mandos, Eastwood, ya había construido un personaje cinematográfico inolvidable gracias a Sergio Leone y su trilogía del dólar —Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio y El bueno, el feo y el malo—, clásicos que lo consolidaron como actor y que, posteriormente, solidificó, bajo la batuta de Don Siegel, en la saga de Harry Callahan, de Harry El Sucio. Pero detrás del rostro pétreo del actor encontramos un tesoro, un cineasta que acabaría evolucionando y revolucionando el séptimo arte. Se adentró en relatos complejos sobre la violencia, la culpa, la memoria y las consecuencias de nuestros actos. Nos dejó una docena de películas memorables; Million Dollar Baby, Mystic River, Los puentes de Madison, Gran Torino, Mula, Bird, Banderas desde Iwo Jima, Sin perdón, Ejecución inminente, etc. Pocos directores en la historia han logrado tener una videoteca vital semejante, con tal extraordinaria calidad.
Reflejó a su manera a los Estados Unidos, poniendo el dedo en la llaga cuando hacía falta. Como director, Eastwood atravesó los géneros, los conflictos sociales y raciales. Durante décadas conquistó a público y crítica sin abandonar nunca su estilo intenso y reconocible; sobrio, clásico, contenido y profundamente interesado en crear personajes complejos, redondos, en contar una historia que merezca la pena. Sin perdón, por ejemplo, reconvirtió el western tradicional, crepuscular, en una reflexión actual sobre la violencia, la dignidad y la lealtad. Obtuvo el Oscar a mejor película y mejor director; después llegarían un buen puñado de grandes títulos, como Mystic River, Million Dollar Baby, Cartas desde Iwo Jima, Gran Torino, Sully y Richard Jewell. Fue capaz de dirigir películas a una edad en la que buena parte de Hollywood cierra la carrera. Jurado nº 2, la llevó a cabo cuando tenía, agárrense los machos, noventa y cuatro años, prolongando su mantra; nunca dejo que el viejo se apodere de mí. Este último proyecto terminó siendo su cuadragésimo largometraje como director, y a la postre, su última película, según la versión de uno de sus hijos, no lo olvidemos. Clint Estawood aún no ha dicho esta boca es mía, pero sobreentendemos que la verbalización de su hijo parte del conocimiento, sobre el hecho de que, quizás, su viejo ya no tiene fuerzas para llevar el peso de las claquetas, de que, quizás, por fin, por su merecido descanso, el viejo ya se apoderó de él.
Si Jurado nº 2 termina siendo realmente el último plano de Clint Eastwood, su carrera habrá quedado capitulada de una manera increíblemente coherente; empezó cabalgando sobre un horizonte polvoriento, con un cigarro al final de la boca, con los ojos rasgados por el sol y un poncho, y liquidó al espectador ante un plano en donde se cierra una puerta, dejándolo con la boca abierta. Una puerta que se cierra silenciosamente, con un sosiego que es un disparo en sí mismo. Sin revolver y sin pólvora. Y eso es puro cine; interprete usted qué ha pasado. Durante más de seis décadas, Eastwood, pasó de icono del western a director, con una filmografía a sus espaldas marcada por la responsabilidad, la redención, el paso del tiempo, y no por la festiva violencia. Quizá esa sea la despedida más eastwoodiana posible; sin discursos con topicazos, sin apabullante fanfarria hollywooodiense, con la cámara todavía mirando, grabando, quién sabe, si hacia delante o hacia sí mismo.
BS



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