Ceuta

 Lo que ocurre en Ceuta demuestra que Marruecos, con muy poco, siembra el caos completamente en todo un país. Nos divide, nos desnorta. El problema, además, aumenta con el paso de los días, porque el Gobierno se empeña en alabar las actuaciones del sátrapa marroquí. La política no es ir al conflicto, pero la política tampoco es evitar el conflicto; si existe, se debe actuar, responder sin amedrantamientos. Lo demás es postrarse.

Mientras tanto, del otro lado, en la monarquía cínica y totalitaria, ministros y barrabases proclaman la ocupación y la soberanía de las ciudades de Ceuta y Melilla. Lo hacen porque el Gobierno español es un mojigato político, un paniaguado político. Lo hacen porque la respuesta de las derechas de este país es, cuanto menos, esperpéntica; con el tercer quinto de cerveza en la mano, no paran de hacer el ridículo con sus yates privados, apelando a la armada civil del botellín y a manifestaciones en donde se exhibe la bandera del aguilucho y un racismo sin vergüenza. 

Europa, por su parte, ve el disparate, tuerce el gesto, le da la espalda a España, entre otras cosas, porque no sabe ni qué es Ceuta, ni dónde se encuentra, ni le interesa. Invirtió millones en poner plásticos en los tapones de todas las botellas, para que los tapones no se desengancharan de las botellas, pero pasa por alto una crisis migratoria y humana con un responsable que se llama Marruecos y que aún no ha sufrido en sus carnes represalia alguna. Ceuta, por su parte, sigue colapsada un mes después.

BS

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