Ceuta

 Glosaba Groucho Marx que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico errado y aplicar remedios equivocados. Pareciera que la crisis de Ceuta subraya completamente la reflexión del cómico porque poner de acuerdo a ochenta mil personas para que vayan el mismo día, a la misma hora, al mismo lugar, solo ocurre con un premeditado plan político. Una jugada sucia tan absurda como efectiva (para los que quieren saturar el enclave norteafricano). Una jugada suicida que se ha cobrado más de cien vidas.

Lo que ha ocurrido en Ceuta demuestra que Marruecos, con muy poco, siembra el caos completamente en Ceuta y en todo un país. Tiene la llave para que pasen libremente miles de personas y esto se suma a la ley del Estado español que prohíbe las devoluciones en caliente una vez pisen tierra. Un combo de dos circunstancias que provoca que la ciudad ceutí quede paralizada, en un limbo jurídico, humano, político y social. La pregunta ya no es si volverá el Estado marroquí a abrir las fronteras para saturar Ceuta o Melilla, sino cuándo.

Marruecos, con la inmigración por chantaje, nos divide, nos desnorta. El problema, además, aumenta con el paso de los días, porque el Gobierno se empeña en alabar y tapar las actuaciones del sátrapa marroquí y su séquito. La política, por esencia, implica evitar el conflicto, si es posible. Pero la política tampoco puede reducirse a evitar, por decreto, el conflicto; si existe, se debe actuar, responder sin amedrentamientos. Lo demás es postrarse. Y Sánchez parece querer mirar para otro lado, encarna al funambulista circense, caminar sobre el alambre con la venda en los ojos, mientras Marruecos sube la apuesta para desequilibrarlo. Ya se anotaron un gran tanto sin despeinarse; ganaron el Sáhara, gracias al pasotismo de Sánchez, que dejó en negro sobre blanco una traición histórica para los saharauis. 

Mientras el PSOE se empeña en rebajar continuamente la tensión, los ministros y barrabases de la monarquía magrebí, cínica y totalitaria, proclaman el all-in; la ocupación y la soberanía de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Un golpe bajo inaudito. Una pretensión desafiante, totalmente inoportuna. Un despropósito en mitad del fuego cruzado que ha creado el propio país magrebí. Mohamed VI y sus lacayos se pavonean con una soberbia insultante (como acostumbra a darse entre los reyes vividores que nunca pagan las facturas), con la salvedad histórica de que ahora ningunean al gobierno español, al que consideran un mojigato político, un paniaguado político. Sin olvidar que cuentan con las palmaditas en la espalda de Trump y Netanyahu. 

Por si fuera poco, algunos medios apuntan a que el reinado norteafricano consiguió información sensible de la primera fila del gobierno español con el hackeo de los teléfonos móviles. Una nueva pieza que se suma al meccano de chantaje y derribo de Rabat que ha provocado un conflicto institucional de primer orden, no solo entre los distintos partidos políticos de España, sino que ha tambaleado la relación de España con Marruecos, y también la de Europa con España. 

Para Marruecos, España ya no es un vecino respetable, un aliado sustantivo. Pero una cosa es ladrar desde la seguridad de los barrotes del balcón para ver las reacciones y otra cosa es ponerse cara a cara con tu adversario. Y el rey de Marruecos, a cobarde, no le gana nadie, porque siempre está escondido. Siempre deja que otro se ensucie las manos (ya sea en un rezo en Casablanca, ya sea por medio de algún fiel ministro puesto a dedo). Siempre dispara con balas de fogeo.

Y para terminar esta arquitectura del caos y la agresión, nos queda la respuesta de las derechas de este país, que es, cuanto menos, esperpéntica; con el tercer quinto de cerveza en la mano, no paran de hacer el ridículo con sus yates privados, apelando a la armada civil del botellín y a manifestaciones en donde se exhibe la bandera del aguilucho y un racismo sin vergüenza. 

Europa, por su parte, ve el disparate, tuerce el gesto, le da la espalda a España. Entre otras cosas, porque no sabe ni qué es Ceuta, ni dónde se encuentra, ni le interesa. La institución europea invirtió millones de euros en poner plásticos en los tapones de todas las botellas, para que los tapones no se desengancharan de las botellas de plástico, pero pasa por alto una crisis migratoria y humana con un responsable que se llama Marruecos y que aún no ha sufrido en sus carnes represalia, aunque sea por la muerte de sus compatriotas. Von der Layen tiene sobre la mesa de la política europea reconfigurar cómo actuar desde Bruselas ante las futuras crisis migratorias, porque es y será un problema que afecte sensiblemente, de un modo u otro, a la Unión Europea. Pero mientras los políticos siguen anudándose a los desacuerdos, atendiendo más a las siglas que a las soluciones prácticas y reales, y la larga fila de enemigos acérrimos a Pedro Sánchez sigue creciendo, la extrema derecha se frota las manos porque todas estas idiosincrasias de esta crisis migratoria es nitroglicerina para que su argumentario prevalezca. Un cóctel molotov perfecto. Ceuta, por su parte, sigue colapsada un mes después, ahogada por los menas, la insalubridad y la inseguridad.

BS

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