Un arma cargada de desórdenes, presente y futuro
Internet aterrizó para quedarse y conquistarnos. Esta red informática mundial ha revolucionado el mundo que conocemos en un puñado de lustros. Cada día ojeamos toneladas ingentes de mensajes, información e imágenes. La red, pensada inicialmente para compartir y mantener la información en las diatribas bélicas, está tejida, en la actualidad, con algoritmos que favorecen primordialmente los fines comerciales, pero su repercusión va mucho más allá.
Los efectos tóxicos que provocan las redes fueron anticipados hace una década por Nicholas Carr. El escritor americano lanzó un libro pionero, a caballo entre el análisis científico y divulgativo, Superficiales: que está haciendo internet con nuestros cerebros (2011) que descorcha las trampas del mosaico virtual. Nos muestra cómo el maremágnum de contenido, inmediatez y accesibilidad provoca una dependencia insana, desencadenando desajustes a nivel cerebral y emocional. Una dependencia que provoca estrés, ansiedad, limita la capacidad de concentración y memorización. Además, la lectura de picoteo, la lectura vacía de titulares, vagar de un lado para otro con los ojos de pez, incrementa las carencias de las competencias lingüísticas en los navegantes.
Y así se alinean las piezas del engranaje para que el universo virtual carbure. Las manos que tejen internet necesitan contar con una masa de analfabetos funcionales que no sepan analizar los contenidos, que carezcan de sentido crítico. El universo 2.0. que nos proponen Zuckerberg, Google y compañía, aparte de ser un oligopolio sin fisuras, esconde una misión; que nos volvamos adictos a las bondades de su mundo cibernético.
El documental El dilema de las redes (2020) palpa este fenómeno de primera mano. Se trata, por tanto, de una red sin ética, descontrolada, que busca enganchar a los usuarios a toda costa. El libertinaje sin filtros que nos ofrece internet, especialmente en las redes sociales, propicia, asimismo, que el ruidoso gane atención, que puedan viralizarse ideologías extremistas y acientíficas que atentan contra nuestra democracia. Negacionistas, terraplanistas, antivacunas, corrientes fascistas, autoritarias, y un largo etcétera, hallan en las redes sociales un escaparate para lanzar sus eslóganes incendiarios, fake news / paparruchas, con un lenguaje tremendamente ofensivo, a sabiendas de que permanecerán impunes.
Normalizar estas corrientes ultras, antidemocráticas, dejaría a nuestra sociedad al azar de una ruleta rusa perversa. Basta echar la vista a la no tan lejana Europa de 1930. Algunos excéntricos intolerantes y autoritarios acabaron siendo presidentes, ganado incluso unas lecciones democráticamente. Por todo ello, debemos mantener los ojos abiertos, porque internet es un arma cargada de desórdenes, de presente y de futuro.
Diciembre / 2021
Artículo de La revista de ACOP (diciembre / 2021)
BRUNO SÁNCHEZ
Profesor de Lengua y Literatura
Instagram: @lanuberoja_

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