La norma general del 3%



           
Hace unos años, el 24 de febrero del 2005, Maragall, diputado socialista, se calentó en un pleno, en el parlamento catalán, y expulsó en un debate encendido “su problema se llama 3%”. CiU, por entonces, estaba enclavado en la oposición, con Mas a la cabeza y Pujol en las sombras maquinando. El rifirrafe PSC-CiU no pasó a mayores, se implantó la tregua, por el bien común. Pero tras la calma vino la tempestad...

El porcentaje del 3% hace referencia a una corrupción estructural, vinculada a la camada mafiosa de los Pujol, de CiU, que llevan casi treinta años navegando en la opulencia, y llevándoselo calentito para Suiza y Andorra. El porcentaje está vinculado a las comisiones que las empresas debían de apoquinar a la mafia política por la adjudicación de las obras públicas. La única manera de pasar por el aro ante los Al Capones.

Maragall no fue el único que largó acusación, Carod Rovira, de ERC, admitió incluso que se daban concesiones también sobre el 5%. Nadie hizo caso. Ver y callar. La trama quedó en algún cajón abandonado, ahogado bajo sobres peregrinos. Pero el asunto del 3% volvió a flote, a la actualidad, porque ya no importa sacar los trapos sucios. Ahora las aguas bajan turbias; CiU no es el amigo fiel de antaño, el aliado necesario de gobierno. La apuesta independentista de Convergencia, seguramente, ha influido en la vuelta y la difusión, por parte de los medios, de estos casos de corrupción ―que todos conocían―.

Las comisiones ilegales, además, se han cobrado en ocasiones bajo chantaje, bajo extorsión, dando lugar a las declaraciones de las víctimas que prueban nítidamente que los de CiU no tenían complejos. Así se explica también, que el hijo de Pujol, Ferrusola, se embolsara entre 2004-2012 cerca de ocho millones de euros, por trabajos de asesorías y consultarías que nunca realizó, moviendo cuarenta millones de euros desde doce cuentas diferentes. El juez Ruz ha visto suficientes indicios para llevar a cabo una investigación y aclarar las emanaciones de esta fuente corrupta que no para de crecer.

La corrupción parece vertebrar el Estado, parece que sostiene el funcionamiento interno de la política, parece que sienta la regla general. Porque en Cataluña no termina la historia del 3%. Las declaraciones de Correa, para paliar la condena que cae sobre sus hombros por la implicación en el caso Gürtel ―que lleva destapando mordidas e irregularidades en el Partido Popular desde el 2009―, constatan que las comisiones del 3% se daban también en el PP, y que Bárcenas estaba a los mandos. Los hechos evidencian una vez más, que nuestros gobernantes conforman carne de corrupción por los cuatro costados, que estamos gobernados por mafias.

Los tiempos han empezado a cambiar, el hartazgo en la sociedad hace mella y ha empezado a pasar factura en las elecciones. El bipartidismo pende de un hilo muy fino y aguanta los guantazos de los trapicheos oscuros del pasado haciendo gala de "transparencias". Sobrevivirá, a pesar de todo, aunque cada vez somos más los que no pasamos por alto las corruptelas y amigoterías. Y no sorprende la paradoja, que tanto el PP como CiU estén interesados en retroalimentarse y esgrimir peleas de palabrerías chatarras para poder despachar unidad y patria, y confusión, cada uno a su manera, y copar su cuota de votantes, y seguir optando para encabezar el circo.

No puede existir transparencia en la política con tipos semejantes, con Pujol, Rajoy, González, Mas, Ibarra, Chávez, Aguirre, y tantos y tantos sujetos, que se han pasado la vida viéndola pasar en los poltrones de una política encayolada. No deberíamos permitir que se haga de un hecho puntual ―que es el de ser político― una profesión, un privilegio. Deberían existir filtros para que la mafia no pueda robarnos impunemente y gobernarnos eternamente. Una democracia no puede encuadrarse en presidentes que se cuelgan durante diez, quince o veinte años, en una “carrera política”. No existe democracia si mantenemos los privilegios de aforamiento. No cabe espacio para la democracia si los gobernantes se convierten en caciques, o seudodictadores, que mueven y remueven enchufes y favores interesadamente.

                                                                                                Bruno Sánchez

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