Apuntes sobre un Mundial (III)
Ganó el fútbol. Ganaron los buenos. Ganó el que quiso ganar. España se coronó en el Mundial. Le ganó a la FIFA, a Infantino, a Trump, a Vincic, el árbitro, y a los navajeros argentinos. Un gol en la prórroga hizo justicia a los noventa minutos, a los ciento veinte minutos, a lo representado en el césped. Argentina no chutó entre los tres palos y su partido / camino al paredón se construyó a base de patadas desfasadas y empujones malintencionados.
La albiceleste usó la carta del juego sucio con la firme intención de desquiciar el partido, de dinamitarlo. Clavaban la navaja por la espalda, cuando el árbitro no miraba, pretendían que el caos entrara por ahí, por esa rendija del fútbol de potrero, mal entendido. El antifútbol. Salieron completamente pasados de rosca. La roja no se arrugó, le puso el temple y la cabeza fría necesarios al partido. Toreó como siempre a una pandilla de matones acostumbrados a salir indemnes de las patadas y las groserías. España tuvo clase y tuvo que hacer tres goles para ganar. Y ganó.
Nadie dijo que esto sería una alfombra roja. Nadie toca semejante cima sin cruzar el viacrucis. Pero con todo los plumeros que se vieron, todavía estoy buscando los motivos; por qué se anuló el primer gol de Williams; cuál es el frame, la toma, que determinó ese fuera de juego de Ferrán por un centímetro, por una décima parte de hombro. El árbitro esloveno, Vincic, perdió el tono del partido y el VAR no supo calmar la actitud de los abusones desnortados, de los sudamericanos. Los alumnos perdidos de Milei no supieron jugar al fútbol aunque salieran con la motosierra, y lo que es peor, no saben perder, no son buenos deportistas, no son buenas personas. Las imágenes les retratan.
La selección, liderada por Rodri, amansó la final, sometió a una Argentina sucia, marrullera, rastrera. Jubilan al mejor jugador de la historia, con permiso de Pelé. Messi cierra su cancela mundialista presenciando cómo sus compañeros plasmaban un ridículo futbolístico, un esperpento humano. Ni Valle-Inclán habría podido superar con sus ficciones los puñetazos, peleas, tanganas que, presos de la impotencia, los argentinos, cuando el árbitro pitó el final del partido, encarnaron. El puñetazo de Molina a Rodri, el empujón de Paredes, completamente desubicado a García, el puñetazo de Paredes a Gavi, el puñetazo de Ayala (un señor mayor jubilado desde el siglo pasado, que está en la selección llevando botellas de agua) a Olmo. Otamendi, que se pasó el partido señalando con el dedo a árbitros y contrarios, sin ser consciente de que encarnaba el paradigma de perfecto matón. Todos ellos airearon la bandera de la vergüenza ajena. La prensa ha confundido muchas veces violencia con entrega, ha aplaudido comportamientos inaceptables, ha rotulado dignidad a golpear al contrario cuando perdían el partido. Simeone, por ejemplo, ha sido un argentino furioso en multitud de ocasiones, alguien que no sabe perder, que ha llevado su mala sangre y baba a sus jugadores. Cero deportividad. El fútbol debe alejarse de esos personajes.
Argentina llora rabiosa y España celebra la consecución del trofeo más importante del fútbol. Porque la celebración no se para por las faltas de respeto de unos niñatos maleducados. La roja se lleva la segunda estrella y cierra un Mundial extraordinario. Ferrán, un revulsivo que no estaba cuajando su mejor torneo, metió el gol decisivo, en el minuto 106. Escribe su nombre en la historia futbolística de este país como lo hiciera Iniesta hace dieciséis años. Justicia poética para el valenciano que siempre ha trabajado para su equipo, y que demuestra que con trabajo, la suerte llega, aunque a veces te haga morder las uñas.
De este Mundial nos llevamos un título, pero también algo más; un momento que traspasa al fútbol, un momento de hermandad que une a todo un país, que deja huella. En este buque indestructible, había un capitán que ha sido todo un ejemplo dentro y fuera del campo; Luis de la Fuente se ha ganado por méritos propios todos los laureles. El hombre tranquilo y educado. La clase por bandera. Ha sabido crear un equipo sin fisuras, un equipo con todas las letras, con humildad y con el trabajo solidario de los jugadores, priorizando la unidad por encima de las ansias personales, de los egos. Su equipo solo ha encajado un partido y lleva casi medio centenar de partidos oficiales sin perder. Unos resultados extraordinarios.
"Cuánto más difícil es la victoria, mejor sabor de boca" dijo Pelé, que levantó tres Mundiales. Ya llevamos dos. "We are the champions, my friend / no time for loser, argentinos, because we are the champions of the world". Ganó el fútbol.
BS

Comentarios
Publicar un comentario