Un documental duro y necesario

 Se estrena en Madrid en unos días el  documental No estás loca: la verdad sobre la violencia vicaria, sobre, posiblemente, la peor de las violencias. Un documental a todas luces necesario. Hoy, en La Ventana de Carles Francino, en la sección que capitanea Elvira Lindo, han hecho mesa redonda con la directora, María Bestar, quien también se reconoce como una víctima más. En el ratito de radio en el que los tres tejen la tertulia, además de poner en la mesa el terrible sufrimiento de las madres y de los niños, escuchamos relatos reales, sobrecogedores, de las víctimas, fragmentos punzantes del metraje. 

¿Es necesario un documental como este? Pues parece que sí. A las pruebas recientes me remito. En la última década, cerca de seseinta y cinco niños han sido asesinados por sus padres. Pero estos asesinatos dejan muchas víctimas en vida que no son cuantificadas. 

Hace unos meses muchos intelectuales y periodistas eran partidarios, por ejemplo, de que El odio, de Luisgé Martín, no fuera papel de censura. La propia editorial, Anagrama, sabiendo que tenía un filón entre las manos, un libro explotado terriblemente en los medios antes de su publicación, por la controversia que ofrecía, defendía su publicación a capa y espada escudándose en la manoseada libertad de expresión. En ningún momento ni el escritor, ni la editorial, se pusieron en contacto con Ruth, la madre, la víctima, para conocer su sufrimiento y la ignoraron a pesar de que ella hizo público su animadversión por la obra, llegando incluso a inciar un contencioso en los tribunales para que el libro no viera la luz.

El odio es un libro, nada inocente, en que Bretón, y esto no lo podemos olvidar, confiesa que es un orgulloso asesino vicario y se recrea con gusto en cómo mató a sus hijos —drogándolos y quemándolos—. Un psicópata de libro desatado que, entre otros motivos, disfruta con el hecho de atormentar desde la cárcel a la madre de sus hijos, a Ruth. Y este es el primer mandamiento de la violencia vicaria, de esta violencia que rezuma sed infinita de venganza y machismo feroz. Una violencia que, partidos políticos como Vox, lo maquillan de "violencia intrafamiliar", para ignorar al elefante de la habitación; la violencia de género —parte consustancial de la violencia vicaria—. 

El fin nunca puede justificar los medios. Los malos y los monstruos no pueden tener ni voz ni voto si ello conlleva recrearse, directa o indirectamente, en el sufrimiento de sus víctimas. Algún tipo de consuelo como sociedad podemos sacar después del boicot que lectores y librerías hicieron con el libro. Esto llevó a que incluso Anagrama diera un paso atrás y decidiera no publicarlo. Un paso que dio por la presión social y no por voluntad propia o empatía. Pero este cambio también es un cambio de paradigma social; estamos con las víctimas y son las madres las que deciden si se habla o no en nombre de ellas o de sus hijos. Ya es impensable —cruzo los dedos— que al Bretón de turno se le ofrezca su minuto de gloria en los medios —aunque el cínico morbo de muchos y los índices de audiencia de otros inescrupulosos, lo sigan justificando—.

BS

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